miércoles, 14 de diciembre de 2011

Presentación de Narzeo Antino, 14 de diciembre 2011

Centro Artístico Literario y Científico de Granada
NARZEO ANTINO
14 diciembre 2011


De izquierda a derecha: Fernando Soriano, Fernando de Villena, Juan de Loxa, Narzeo Antino y Juan Peregrina



De Ceremonia salvaje:

“Mi exilio cambio por tu azul veleta,
amigo, y por mi abismo tu palabra.
Por mi contrario viento tu horizonte,
por tus corolas mudas mi fragancia.
Amigo, que mi llanto incendia el trigo
por los campos en hiel de la Alfaguara.
En río, si pudiera, ribereño
de los mirtos del sur me transformara.
Pero yo no soy ni río ni velero,
ni mi canto es torrente de campanas”

Narzeo Antino deja interpretar a la imaginación y a la lectura atenta, un nutrido grupo de símbolos que ha ido enriqueciéndose a través de trilogías desde los años 70: títulos como Cauce vivo, Hierofanía, Ritos y cenizas, El exilio y el reino o Amante desafío por nombrar algunos exigen por parte del lector, el mismo trabajo cuidadoso que el artista se exige a sí mismo.
De verso lúcido, rotundo y prístino, Narzeo Antino provoca estupor intelectual en cada libro que escribe pues supera la concepción estética que ya prefigurara en el anterior. Su producción poética es inabarcable en estos breves minutos por lo que me daré por satisfecho, como introductor agradecido de su obra, si al menos pongo en claro algunas de las claves que nos servirán como lectores si pretendemos acercarnos a su obra:

1-hablaba antes de símbolos. Me refería a elementos permanentes en su verso, como la aurora, el rito, el amante, la ceremonia, el reino… con los que el poeta pretende constatar diferentes realidades objetivas, elevándolas al rango de la subjetividad al servicio de la belleza estética, pues es, y no otro, pienso cuando releo sus libros, uno de los primordiales objetivos de este poeta sin olvidar lo referido como diré después.

2-el trabajo y la constancia, serían dos parámetros a tener muy en cuenta pues si la prisa y la agonía anidan en el corazón de algunos artistas, esta problemática no se muestra en nuestro autor: perfectamente consciente de la capacidad que posee desde hace tiempo, ha ido fraguando lenta y pausadamente, una obra primordial en la poética española de los último cuarenta años.

3-el concepto de obra: la unidad es fundamental en Narzeo Antino, siendo independiente y múltiple desde sus primeras entregas poéticas demostrando su meditada decisión. Es atractivo contemplar cómo elabora pacientemente un libro que quizá no corresponda a la publicación del momento sino que puede ser previo o posterior, quedando así cerrada esa parte que necesitaba la conciencia del poeta.

4-el desafío, la estructura y lo concreto: Narzeo Antino apela a la inteligencia del lector, que ha de estar preparado para leer, releer y contrastar los diferentes poemas que presenta tan magníficamente organizados en cualquiera de sus libros: la estructura especular es utilizada sabiamente por alguien que selecciona títulos de poemas y de libros perfectamente, cerrados cotos que a la par, se convierten en una abierto reto a la interpretación,. La estrofa se desnuda de versos, el verso de palabras y estas son las justas y apropiadas: la rica adjetivación aporta más información, y esta información completa el mensaje total.
5-la métrica y la melodía: como buen lector de los clásicos, ha comprendido desde el principio que la armonía –que ya dijeran los místicos- organiza la música interior del poema, que por qué no, puede llegar a ser trasunto del yo poético y de su visión del mundo. Me contengo de poner ejemplos porque quiero ser claro y podría estar leyendo versos y versos de Narzeo Antino para justificar o demostrar las palabras que digo: endecasílabos, heptasílabos, alejandrinos, eneasílabos… el sonetos, el romance, la lira, formas tan difíciles como la sextina, o tan populares como el romance tienen cabida en un poeta total como es el caso que nos ocupa. Experimentación radical con un sentido complejo, como en La diadema y el cetro donde aparecen sustantivos unidos llegando al caos lingüístico perfectamente resuelto en el conjunto global de cada poema, deja paso, por ejemplo, a otro libro como Hierofanía, donde la prosa poética se hace patente como expresión que fluye rítmica y fonéticamente impecable; si tomamos El exilio y el reino, nos daremos cuenta de la atenuada melodía de las asonancias conseguidas, con las puras influencias que comentaré a continuación.

6-Influencias y magisterio: Garcilaso, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Santa Teresa, Góngora, Quevedo, Unamuno, Machado, Juan Ramón, Cernuda, Lorca (de un poema llamado Elegía sonámbula, extraje el fragmento que leí al principio) Aleixandre… Pound, Eliot, los clásicos griegos y latinos (escribe epigramas, odas)… Infinita es la red que teje alrededor de sus amados poetas, Narzeo Antino, que de cada uno ha sabido extraer una enseñanza, predominando la tradición española desde sus formas primitivas sin desdeñar nacionalidades, estados o edad del poeta: alerta a las nuevas corrientes, conoce y presta atención a jóvenes o no tan jóvenes que solicitan una lectura inteligente de su parte.

y 7-retórica y mensaje: de la retórica utilizada por Antino, necesitaríamos más tiempo del que dispongo: simbología, metáforas, símiles, aliteraciones, juegos de palabras, riesgo en la experimentación con la sintaxis, la fonética y la semántica del mensaje… un sinfín de recursos clásicos y modernos como herramientas surrealistas (como advirtiera la profesora Sultana Wahnon a propósito del libro Amante desafío) o principios de irracionalidad al servicio de la belleza estética, y ampliando más este concepto: para Narzeo Antino es importante la palabra, e intuye que es una poderosa manera de resistir ante el mundo: su poesía es útil porque su mensaje nos conduce a través del mundo utilizando quizá elementos que no conocemos –el taller de este poeta es amplísimo en recursos y técnicas que el lector no tiene por qué conocer- pero que somos capaces de comprender una vez asimilado el contenido, de manera más o menos personal.

Animo a la lectura de Narzeo Antino: merece que le devolvamos lo que él hace por nosotros: estéticamente bellas, nos ofrece unas composiciones muy particulares que cantan temas como el amor, la amistad, la exaltación de la naturaleza, el arte en sí mismo…

No me resisto a cerrar esta pequeña, y espero acertada introducción, con unos versos del poeta que hoy nos acompaña, de su libro Olvido es el mar:

“Tanto fragor en lucha por la gloria
de enaltecer eternos un segundo
la potestad vencida e ilusoria

que es el honor preciado de este mundo.
Hagamos del amor un monumento
valiente por sus ecos y profundo,

alzado frente al tedio y al tormento,
erguido como un mástil, atrevido
como una anunciación sin vencimiento…”

Tres de los jóvenes poetas, tras el acto: Juan José Castro, Francisco Rojas y Leonardo Soto

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Presentación de Leonardo Soto Calquín, 7 de diciembre 2011








Encuentros Literarios
Centro Artístico Literario y Científico de Granada
LEONARDO SOTO
7 diciembre 2011

Los que se van para olvidar su casa
Y el muro familiar en sombras
Les anuncio la planicie y las aguas estancadas
Y la gran Biblia de piedra.
. . .
Aquel que sueña se mezcla con el aire.
Georges Schehadé, Alejandría, 1905-París 1989

Buenas tardes, soy Fernando Soriano, les doy de nuevo la bienvenida al Centro Artístico, en este quinto Encuentro Literario, y me complace presentar hoy a D. Leonardo Esteban Soto Calquín. Nace en Rancagua, Chile, 1970, donde cursa sus primeros estudios. En 1989 pasa a estudiar la Carrera de Diseño Gráfico en la Universidad de Bío Bío, participando en las actividades de los alumnos, tales como lecturas y publicaciones. Tres años más tarde se traslada a la Universidad Tecnológica Metropolitana hasta 1995, donde realizará estudios de Comunicación Visual. Desde 1996 es diseñador gráfico, ha participado en talleres de poesía, como el de Erwin Díaz, o Jorge Montealegre y, en 1997 es seleccionado para participar en los talleres Literarios José Donoso. El libro de Leonardo Soto, El nuevo bien, es el resultado de ese ambicioso proyecto y una experiencia inédita en su país. A comienzos de 1997 la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, de acuerdo con un grupo de escritores convocó los primeros Talleres Literarios José Donoso, que se habrían de realizar en la Biblioteca Nacional durante dos años. De un total de 840 aspirantes, 70 fueron definitivamente los elegidos por su talento y mérito. Dramaturgia, poesía y narrativa bajo la supervisión de autores reconocidos de la talla de Raúl Zurita, Teresa Calderón, Carlos Cerda, Carlos Franz, y Marco Antonio de la Parra, que entregaron su experiencia, consejo y orientación en reuniones semanales de trabajo, dedicadas al análisis y crítica directa del trabajo de los alumnos.
Al abrir el libro de Leonardo Soto El nuevo bien, el primer poema ya nos sorprende. Cinco versos, casi telegráficos, distribuido con espacios en blanco. La voz y el silencio. El blanco de la página y el negro de la tinta. La tipografía, la disposición de las lineas de los versos en la hoja es un detalle también importante.
“Árbol / Cruz / Dios es la sombra / de un pájaro / mudo”
Pero, me pregunto ¿Dios en un poemario de un chico de veintisiete años? El siguiente poema incide. Se titula I.N.R.I.
“Indivisible / En su intersección / nos abraza / o nos detiene / Paralelo a sus brazos / el horizonte es otro día”
Árbol, madera, la cruz es de madera, las iniciales, aquel Jesús, Jesús el Dios hecho hombre, ¿hombre sombra de Dios?, ¿sombra de Dios un pájaro?, ¿pájaro-paloma, espíritu-mudo contemplando la muerte de su hijo en esa cruz (Elí, Elí, lama sabactani), cómo muere su sombra, y muere él mismo para vivir eternamente?. Sí, es esa la cruz a la que se refiere Leonardo Soto, y que desde entonces, interviene en nuestra vida, abrazándonos o deteniéndonos. Depende de nuestra fe o no creencia.
Tercer poema, título Salud a la muerte. Donde dice al final
“Cesamos de hablar / fijando el oído / a la tierra”
Sigo leyendo. Poema 4:
”Palabras en forma de cruces escondiendo preguntas”
Leer el libro de Leonardo Soto supone enfrentarse a una singladura incierta, sin cartas, sin brújula o compás, sextante, sonda, escandallo o astrolabio. Una navegación, además, sin marinos, sin dotación, a solas con uno mismo y con su bagaje. Pudiera ser, igualmente, como abrir un cofre que guarda fragmentos de una historia, teselas dispersas de un mosaico, piezas de un puzzle que podrían intercambiarse para producir distintos itinerarios y llevarnos a un viaje  inacabable, por circular, siguiendo tan sólo una serie de pistas con las que el autor nos deja suspensos en el tiempo, no hay tiempo alrededor. Tan sólo en el poema 9, aparece el nombre de una mujer, dos nombres de ciudades con unas fechas. Es la única referencia temporal. Se trata de una lápida.
“Ella dice silencio / bajo esa losa”
Bajo el caos aparente se está urdiendo una historia. Se nos está contando algo. Pero la información que se nos está transmitiendo está fragmentada, dividida. No existe una narración lineal. El poeta, al parecer, lo quiso así a la hora de componer el poemario. La lectura se bifurca. No hay un tema, hay varios temas en el libro. El discurso gira, parece avanzar, pero vuelve, aunque ya no estamos en el mismo sitio sino en otro lugar, tal vez semejante, parecido, pero ante nosotros se abren otros senderos, hacia otros paisajes. Lo que lo mantiene en pie es esa cierta uniformidad de los poemas, su brevedad, algunos toman la estructura de tres versos de los haikús, por lo que parece nos está enviando telegramas desde su realidad. Pero ¿qué está sucediendo realmente? Hay que terminar la lectura para quedarse con una sensación, con un regusto, pero nada definitivo. Conforme leemos parece que descendamos por un río en primavera. Aguas bravas, torbellinos, meandros, algún remanso, pero en seguida vuelven los rápidos, las caídas. Es un poemario sinuoso, lleno de símbolos, de referencias filosóficas, y quien mejor habla no es el autor sino el silencio. Recordemos los poemas de El puerto Sepultado, de Giuseppe Ungaretti, escritos en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Breves, contundentes, desgarradores, y más que nada, tan humanos. Cito un párrafo de Manuel Fernández de Liencres en su opúsculo “Apuntes para un mejor desconocimiento del hombre”.
¿Sirven los sueños para algo? A menudo modifican nuestra conducta tanto personal como colectiva, en especial cuando nos encontramos en situaciones de cierto desequilibrio. Por supuesto que no podemos depender de los sueños pero tampoco debemos olvidarnos de ellos. ¿Es arriesgado  opinar que sin los sueños el hombre andaría un poco mejor por la vida?
Leonardo Soto no ha prescindido de los sueños. Qué mejor lenguaje el del mundo de los sueños para manejar una situación como la que nos presenta este joven poeta.

(38) “A este lado no se escucha la lluvia / sólo el reflejo de personas / que pasan.
Gracias.




El nuevo bien, poemario de Leonardo Soto, causa perplejidad, estupor, preocupación.
Pienso que Leonardo Soto Calquín es un poeta maduro que ha sabido conjugar dos de las características que ya preconizara Italo Calvino, en sus famosas propuestas para la literatura del siglo XXI: la brevedad y la multiplicidad.
Brevedad y concisión, son dos elementos que realzan el valor de este libro: la conciencia poética se extrema y adelgaza hasta tal punto que el poeta afirma: Todo lo que beso anochece”.
Multiplicidad por la cantidad de referentes culturales que un lector puede contemplar en esta obra: la Biblia, el libro del Apocalipsis de San Juan, las Odas elementales de Pablo Neruda, Pedro Páramo y Juan Rulfo como me comentara el otro día Fernando Soriano muy agudamente, con esa concepción de la extrañeza y el fin del mundo que otro escritor sudamericano como es Rodrigo Fresán –y antes tantos otros- ya ha compartido con sus lectores.
La cal es uno de los elementos que recorre tenuemente el poemario: la cal de los muros que recuerda a la cal viva utilizada para hacer desaparecer los restos orgánicos que son el ayer castigado del poder de siempre. Dios, un dios extrañado por el yo poético, a veces parece positivo, a veces es una negación profunda del mundo, se pasea entre la naturaleza y llega a confundirse con ella, con los pájaros, con las sombras, con las flores.
El tiempo está matizado por la muerte, destino último del poeta, del hombre, de todo.
Dice Soto: “Nos llamamos gusanos /antes de llamarnos tierra.//Mi alma es la casa de los muertos”
Los breves poemas van de 3 a 12 o 15 versos como mucho: la asonancia conseguida en algunos es tan leve, que hace la lectura volátil, como si el contenido poético así lo fuera, pero nada más lejos: realmente es una sorpresa para el lector moderno encontrar algo de poesía, no sé si llamar mística o próxima a la caricia divina, hoy, que estamos tan cansados de repetir que los dioses han muerto: no hay irracionalidad en los versos de Soto Calquín, y si la hay, está al servicio de una memoria afilada por la meditación. Lo meditado del mensaje nos lleva a la convulsión en ciertos textos, a la intranquilidad de saber que no sabemos qué nos espera tras la muerte: pero a la vez, por el mismo y alucinado camino que recorre ese pueblo fantasma, el poeta es capaz de lo imposible: relegar a un segundo plano la tensión y practica un verso dulce, triste, melancólico y pacífico.
El léxico está perfectamente seleccionado. No hay un deslumbramiento en la propuesta estética por sí sola, la anécdota no es importante, porque la anécdota es el libro entero, así gana importancia el sentido de la vida y la muerte del hombre, ser incompleto que busca a tientas, que puede estar ciego pero escucha, que pudiera morir pero dejar memoria en textos como los que hoy presentamos.
Parecería que faltara algo, nos falta más poesía de Soto Calquín: y para terminar de reventarnos las expectativas, poco a poco se va presentando la metamorfosis última: el yo lírico se plantea como Jesucristo que camina y hace sus negocios con los hombres, leve y sutil, pues la rendición del mundo es la ignorancia que tenemos normalmente sobre nosotros mismos: preferimos reconocer al otro que detenernos en meditar quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos.
La nobleza, la paz, y la duda recorren los bellos poemas de Leonardo: la tristeza del hombre es la tristeza del mundo. La tristeza de Leonardo se ha transmutado en pura belleza que alucina al lector. Juanjo Castro, poeta también, ya me lo avisó: la poesía de Leonardo Soto es muy interesante, muy compleja. Solo me queda felicitarte, Leonardo, por tu arriesgada propuesta y animarte a seguir investigando tan sutilmente el alma humana. Gracias.


Juan Peregrina

Tras el acto, Leonardo Soto junto a algunos amigos

jueves, 1 de diciembre de 2011

Presentación de Antonio César Morón








Encuentros Literarios
Centro Artístico Literario y Científico de Granada

30 de noviembre 2011
Antonio César Morón

      Pero a quien tanto amó la vida le daría
      la sensación eterna de un recuerdo sin dueño:
      "tu nombre ha dado nombre a la melancolía;”
      …
     Duele tan hondo cuando el silencio es mío.
     Antonio César Morón



Buenas tardes, soy Fernando Soriano, les doy de nuevo la bienvenida en mi nombre y en el de Juan Peregrina,  al Centro Artístico y a este cuarto Encuentro Literario. Agradecer la buena disposición del Centro Artístico que nos brinda esta sala, a Ángel Moyano su profesionalidad y buen hacer, a la librería Babel su colaboración y apoyo para poder divulgar estos Encuentros Literarios, y por supuesto a todos ustedes por asistir. Esta tarde me complace presentar a D. Antonio César Morón.
Es Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada (2007), en la cual también se licenció en dos titulaciones: Filología Hispánica (2000) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (2002). Su tesis doctoral, titulada José Martín Recuerda en la escena española (Granada, Universidad de Granada, 2007), fue dirigida por el profesor Antonio Sánchez Trigueros y realizada dentro del Departamento de Lingüística General y Teoría de la Literatura de dicha Universidad, al cual se incorporó tras haber obtenido por méritos una Beca para la Formación del Profesorado Universitario del Ministerio de Educación y Ciencia. Ha trabajado dentro del Laboratoire LLA (Langues, Littératures et Arts) de la Universidad de Toulouse. Actualmente es profesor en el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Granada. Su campo de investigación fundamental es el teatro y a este respecto, además de numerosos artículos en revistas y actas de congresos nacionales e internacionales, ha publicado un ensayo titulado  Teatro y sentido. La interpretación frente a sus límites (Granada, Dauro, 2007). También se ha preocupado por el estudio de la poesía y poetas españoles contemporáneos, como así lo acredita su antología titulada El Grupo Ánade de poesía (Granada, Dauro, 2006).
Escribió Ernesto Sábato en su libro El escritor y sus fantasmas, en el párrafo titulado La condición más preciosa del creador.
El fanatismo. Tiene que tener una obsesión fanática, nada debe anteponerse a su creación, debe sacrificar cualquier cosa a ella. Sin ese fanatismo no se puede hacer nada importante.
¿Realmente es así? César Morón dice en uno de sus versos referidos al poeta, La sed de una quimera se afana en destilar. Conviene plantearse entonces para qué escribimos. ¿Por juego? ¿Por entretenimiento propio, en vez de coleccionar objetos, u otro pasatiempo? ¿Para distraer a posibles lectores? ¿Para evadirnos? Hay quien, con más lucidez e inteligencia propone que se escribe para buscar la condición del hombre, una empresa que ni sirve de pasatiempo ni es juego ni agradable. Porque explorar las entrañas del ser humano es agobiante y produce desasosiego. De nuevo César dice: El hombre jamás puede dejar de interpretar.
Teniendo en cuenta estas afirmaciones ¿se puede escribir desde esa obsesión y ese fanatismo con humildad? Creo que no hace falta llegar a esos extremos para poder expresar una idea o un sentimiento. Y César nos lo hace ver claro.

FRAGOR DE INCERTIDUMBRE. Maravilloso título. Fragor: ruido estruendoso. Incertidumbre: falta de certidumbre, de conocimiento seguro y claro de algo. Tras esta definición se hallan treinta sonetos que nos ofrece Antonio César Morón para ingresar en el parnaso poético. Ese ruido estruendoso es el que mana desde dentro del poeta, que nos remite a aquel clamor de Jorge Guillén. Y este libro contiene toda una declaración de intenciones, tal como nos advierte en las palabras preliminares que introducen este primer libro:
Siguiendo la escuela renacentista he dejado la originalidad relegada a un segundo término, sometiéndome a una estructura tan arraigada en la tradición española como es el soneto. Puede interpretarse esto como una presentación ante la comunidad de poetas consagrados a la cual intento demostrar mi conocimiento de los recursos de la métrica y la retórica que fui adquiriendo desde mi infancia, de modo que el libro constituye también, desde este punto de vista, una especie de tesis en busca de una nota de aprobación que certifique este aprendizaje. Si hay originalidad en los sonetos, eso tendrá que decidirlo la crítica; pero, como digo, no he partido de ella como intención inicial.
Humildad y sencillez, franqueza, nada mejor para presentarse, no ya en literatura, sino en la vida. Reconoce un aprendizaje sereno y profundo de la métrica clásica, de donde toma el soneto como molde para contener y plasmar su visón de la vida. Antonio César Morón nos propone un itinerario de autoconocimiento en estos sonetos formalmente perfectos. El libro, dividido en tres partes, empieza desde el sueño del poeta, pasa por la pesadilla y llega al sufrimiento, -recordando la estructura de la Comedia de Dante-, y en esta tercera parte es donde se muestra una mayor interacción entre los poemas y el autor. La ausencia pretendida de originalidad que menciona al principio el autor, no deviene en falta de calidad, todo lo contrario.
Pero, qué duda cabe, que lo que realmente recorre los poemas es la poesía. Y sólo hay que leer los títulos de los poemas para comprobarlo. Designio de las musas, Diálogo del poeta y su poesía, Anhelo de armonía, Soneto azul, Ceremonia en busca de la inspiración, De la poesía falsa. A través de estos treinta sonetos Antonio César Morón entró con pie firme en el mundo de la poesía. Confirmado ya por dos libros posteriores. Poeta por el buen hacer y, sobre todo, por esa humildad que es bien cierta y brilla, no sólo en sus versos, sino también en su persona. Sólo me resta dar, no la aprobación a un poeta joven, sino las gracias por entregarnos este Fragor de incertidumbre, que ni ensordece ni produce confusión, sino alegría y placer de lectura. Gracias

                                                                                                                                 Fernando Soriano


Antonio César Morón entre Juan Peregrina y Fernando Soriano

De lo poco que sabemos hoy de literatura, lo más que conoceríamos no es literatura. Hemos convertido el arte en una mezcolanza de vanidad, poder y meridianidad metafórica (hasta el punto de reclamar un lenguaje poético más claro que el que ya se practica hoy día): todo esto, obvia decirlo, es un cóctel que últimamente adquiere un tinte político: la posmoderna esfera del mestizaje –la parte chunga de nosotros mismos, que cantara el fallecido Rockberto de Tabletom-, esa parte que escora hacia la siniestra de dios padre todopoderoso, que, huelga  decirlo, como ya escribiera el clásico: poderoso caballero… Nada de esto hallaremos esta noche en los versos de Morón.

Hoy, 30 de noviembre de 2011, estoy feliz de comentar un par de cosas sobre uno de los poetas que circulan independientemente por España: la independencia, esa característica que desde el humanismo renacentista diríase insustituible para el artista, hoy, no es bienvenida: ni por los que mandan, ni por los que son mandados: los primeros no quieren que nadie les haga sombra; los segundos, temen escribir lo que sus propios líderes no han sabido contar.

Hoy, 30 de noviembre de 2011, quizá equivocado en los conceptos, quizá cansado de lo de siempre, propongo un ejercicio personal: releamos a los clásicos con afán de aprender, y después entendamos a Antonio César Morón, con el afán de disfrutar una integración madura en los poetas clásicos a través de su moderna mirada: Morón es poeta, entre otras cosas, porque:
 -no hay palabrería, por la selección precisa del léxico.
 -no hay duda o vacilación en sus versos, ya que el conocimiento de la materia utilizada  se impone sobre lo personal.
 -no hay debacle en las estrofas porque el conjunto mantiene rítmicamente la invención.
 -no hay egocentrismo en el soneto pues es una estrofa de tan larga tradición, que el poeta la respeta y por la misma razón la utiliza: no es pose.
 -no hay originalidad vacua, relámpago incoherente, artificio inconexo en la intención.

De lo poco que sé hoy de literatura, y de Antonio César Morón, lo más que podría hacer, es ofrecer una Semblanza del poeta.


De estirpe noble y formación constante
se enfrenta al mundo en plena decadencia:
lector audaz critica sin clemencia
al vate advenedizo por lactante.

Séneca, Lope y Lorca, referentes
son del artista y brilla escena henchida
de tragedia perfecta y muerte y vida
muestra en comedias para inteligentes.

Sin vengativo hierro en el costado,
feroz combate a hórridos vestiglos
olvidando falaz la mansedumbre.

Hacia sus obras, del clamor honrado
se encargarán los venideros siglos
                      celebrando Fragor de incertidumbre.

                                                                                                                 Juan Peregrina

De izquierda a derecha: Enrique J. Vercher García, Francisco Gil Craviotto, Moisés y esposa, ANtonio César Morón, Juan Peregrina, Fernando de Villena, Enrique Morón, Miguel Arnas, Rosa Mº Nadal y Fernando Soriano




Presentación de Enrique Morón






Encuentros Literarios
Centro Artístico Literario y Científico de Granada

23 de noviembre 2011
Enrique Morón

Despedida

Te vas y yo me quedo para siempre conmigo.
Una quietud de árbol nace por mi cintura.
Te vas como una sombra, reptando la llanura,
herida por las uñas larguísimas del trigo.

Amiga mía fuiste cuando yo fui tu amigo,
guardamos equilibrio de pasión y ternura;
pero el amor se añeja cuando el amor perdura:
ni me arrastra tu marcha ni a quererme te obligo

Te vas y yo me quedo como siempre, contento.
La brisa da en mis ojos caricias y arañazos
y poco a poco surge la redondez del llanto.

Te vas y no me importa. Sí me importa. Lo siento.
Se ha quedado vacío el hueco de mis brazos
y un ruiseñor de piedra ha crecido en mi canto.

De "Paisajes del amor y el desvelo" 1970



Buenas tardes, soy Fernando Soriano, les doy de nuevo la bienvenida al Centro Artístico, en este tercer Encuentro Literario, y me complace presentar hoy a D. Enrique Morón, y hacerlo no es sólo un honor sino una responsabilidad enorme, pues, a parte de que hace muy poco tiempo que le conozco, su altura poética y el reconocimiento de su obra, hacen de él un poeta mayor de entre los de Granada. He querido empezar leyendo el poema Despedida, pues cuando lo leí por primera vez, me impactó tanto lo que decía, que quise haberlo escrito yo, y me recordó a Jaime Sabines, el poeta mexicano en sus poemas de amor. Claro que esto que digo es una opinión muy subjetiva, debida quizá a mi estado emocional de lector. Volviendo al protagonista de esta tarde, hablar de él delante de sus amigos y conocedores de su obra es gastar saliva. Su trayectoria literaria es amplia e incluye veinte libros de poesía, nueve obras de teatro y una novela, si no estoy mal informado, hasta la fecha. De todas maneras, qué podría decir yo de nuevo, hoy, sobre la poesía de Enrique Morón que no hayan dicho personas más cualificadas como Antonio Carvajal, Antonio Enrique, Domingo F. Failde, Francisco Gil Craviotto, Ladrón de Guevara, José Lupiañez, Gregorio Morales, Miguel Arnas, Fernando de Villena o Juan Peregrina, en esa larga lista de estudios que existen sobre sus libros.pero trataré de dar unos brevísimos apuntes sobre el autor.
Nace en Cádiar pueblo de la Alpujarra granadina, donde realiza sus primeros estudios. Trasladado a la capital, tal como él mismo nos cuenta en su biografía, vive un período dramático al quedar solo por la pérdida y alejamiento de varios miembros de su familia. Esto le hace abandonar los estudios y dedicarse a la lectura de poetas, comenzando así su formación literaria. Publica varios libros de poemas, los cuales hace desaparecer, pues los considera primerizos, y no es hasta 1907 con la publicación de Paisajes del amor y del desvelo donde encuentra su verdadddera voz y comienza su interminable lista de títulos. Termina la carrera de filosofía y letras, se casa, y entra en el cuerpo de profesores de enseñanza media, impartiendo la docencia en varias provincias españolas. Accede después al cuerpo de catedráticos de enseñanza media y entra a formar parte de la academia de buenas letras de Granada en 2004.
Simplemente podré aportar una opinión más como lector de poesía. Inscrito en la tradición española de corte renacentista-barroca, los sonetos, sobre todo, -con su forma estricta traída desde Italia, justamente hasta aquí, Granada-, le son preferidos y aportan ese espacio, esa cadencia sonora, y, al mismo tiempo, esa contención adecuada para la expresión del poeta. La palabra de Enrique, aunque ceñida al clásico molde métrico, es contemporánea. No cabe duda de que en sus sonetos vibran ecos de Góngora, Lope, Garcilasso, pero también son los sonetos de un hombre de su tiempo y de su tierra. Al leerlos, la imagen que me vino a la cabeza -al sentir la musicalidad y el ritmo-, fue la de  ligeros peces nadando en una pecera, con una soltura que asombra e impresiona. Quiero, hacer también referencia a un poema titulado Oficio de poeta, que me trajo reminiscencias de Catulo y Víctor Botas, por la ironía y el sarcasmo, tan punzantes, que utiliza para describir a la figura del poeta, no al verdadero, sino al impostado, al que cree que la indumentaria, ciertos ademanes y unos cuantos versos trazados en unas cuartillas, le hacen merecedor de tal nombre.
Todos te admiran. Cuida tu figura / y no pierdas de vista /
que el día en que te lean habrás perdido / gran parte de tu público.


Como digo, tras la lectura de varios textos de Enrique, percibo nostalgia por el paso del tiempo, la melancólica tristeza de un hombre sencillo y entrañable, que percibe con hondura la vida trasladando ese sentimiento a sus composiciones con maestría en el dominio del arte poético. Qué duda cabe que también está la alegría al celebrar la vida.. Porque vivir cada día es una gran victoria y, sobre todo, saber vivirla, exprimir los instantes, y, en el caso de un poeta, cantarlos a través de la palabra y  dejar tallado en el poema esos momentos irrepetibles. Yo creo que ahora es Enrique Morón el que nos hará sentir más claramente, al leer él mismo sus poemas, estas livianas palabras que he preparado para presentarle.
Asombrado y disperso es el corazón del poeta, escribió María Zambrano. El asombro es fundamental, para sentir y preguntarse; la dispersión, obligatoria para captar la multiplicidad del mundo.

                                                                                                                     Fernando Soriano


De derecha a izquierda  : Enrique Morón, el poeta Fernando de Villena,
el editor Ángel Moyano, Fernando Soriano y Juan Peregrina



El poeta ha de ir
más allá del dolor, más cerca
del abrazo, más arriba
que el vuelo de las aves.
El poeta ha de ser
la conciencia del hombre,
la luz de su mirada,
su voz adolescente.

De Si canta el ruiseñor, Granada, ed. Alhulia, 2004

Enrique Morón engloba todas las características que una plena definición de poeta admitiría: maestro en métrica y retórica, admirador de los clásicos renacentistas y barrocos, conocedor de las vanguardias y defensor del Romancero gitano de Lorca, así como de Vicente Aleixandre, magnífico lector de nuestra literatura, buen comunicador sobre ella y ante todo, un hombre preocupado por el quehacer literario, que pule y retoca y vuelve a construir los versos si no han dicho lo que en un principio él quería decir.
Admitirán conmigo que en Granada, así hay otro poetas, pero no muchos: quizá de diferentes estéticas o preocupaciones literarias diversas, pero igual de rigurosos que nuestro invitado de hoy: pensemos en Narzeo Antino, Fernando de Villena, el exiliado Miguel d’Ors, Rafael Guillén y otros… Algunos de los nombres más importantes del panorama literario granadino por su obra, no por aspavientos pseudoliterarios o alharacas político-culturales, sino por su continua y elaborada creación poética… y sin embargo no los conocemos o los conocemos poco y mal. No digamos qué hacen los medios de comunicación, radios, algunas revistas literarias y editoriales de la categoría de Visor o Hiperión.
Enrique Morón, lejos de las diatribas en que los poetas jóvenes con afán de protagonismo usualmente se ven envueltos o poetas ya de renombre con ansia de poder y fama, se consuela en su retiro poético pensando en su obra, corrigiendo versos inéditos, elaborando el esquema retórico que en soledad, le servirá para llegar algún día a la gloria, que es, según mi modesto entender, que cada día se le acerque un lector más y le diga “qué bueno tu último libro”.
Porque de la crítica literaria española… qué vamos a decir: usualmente conformista, desintegradora, partidista, correctamente política y  nada ecuánime.
Sirvan estas palabras para dos objetivos: el primero, como reconocimiento a un poeta que debiera ser más leído y disfrutado y, segundo, como agradecimiento a Enrique por sus poemas, su madurez poética y en definitiva, por su presencia entre los que admiramos la poesía bien construida, los sonetos de gusto clásico y la modernidad conseguida mediante la mirada atenta al presente, al hombre, a la injusticia, al dolor.

Termino con palabras de Enrique escritas hace cuarenta años (de Odas numerales, Barcelona, El bardo, 1972)

Es más noche de abrazos que de odios,
y más de comprensión que de justicia.


                                                                    Juan Peregrina

Presentación de Jesús Santana Salinas


Encuentros Literarios

Centro Artístico Literario y Científico de Granada

23 de noviembre 2011
Jasús Santana Salinas    
 

Jesús Santana, nos conduce, en Huellas en la arena, la primera parte de La lentitud de los días, (libro aún inédito y pendiente de culminar), por ese tiempo pasado, sucedido, y sobre todo, irrecuperable, salvo a través de los recuerdos. Ya en los primeros versos del poema que abre el libro el autor nos avisa:

“Lejos de la transparencia de las horas/ el poeta lleva lacras/ de tiempo perdido”.

Recurrir a la memoria para mantener viva la experiencia, recurrir a, tal como él mismo lo llama, esos “latidos de memoria”. Los recuerdos, todos lo sabemos, están agazapados, prestos a asaltarnos, y tan sólo esperan ese suceso que los dispare hacia nuestro consciente:

“Se necesitan golpes de lluvia en la ventana/ después de una tarde que reverbera/ para añorar lo perdido.”

El autor, con prematura nostalgia, dice acerca del presente:

“Será memoria lo que ahora es lluvia.”

Pero también puede afirmar:

“Y no sabemos por qué recordamos/ aquel tiempo sin posible mesura.”

¿Recordar es, entonces, tan sólo una forma de jugar a perder con el tiempo que crea y devora nuestras pequeñas historias? ¿No era la poesía la salvación frente a esa certidumbre del deterioro que produce el tiempo? En su caso hay más desolación que extrañeza, y en sus palabras existe más la confrontación directa entre la realidad y su experiencia individual.

“Mañana o después este mundo raro/ ha de tornarse en nieblas o escombros.”

Jesús Santana no acude a los dioses para buscar una respuesta o una satisfacción. No la hay. ¿Qué remedio puede haber ante el paso inexorable del tiempo? Él, como poeta y ser humano, siente la necesidad de expresar la fuga del instante porque le causa dolor y tristeza, se ve a sí mismo inmerso en el transcurrir del tiempo, y cómo el tiempo le transforma, física y emocionalmente. Los textos transpiran una melancolía con visos de lógico rencor, pero este no alcanza a que el poeta se rebele totalmente, porque en el fondo sabe que es inútil hacerlo contra la tiranía del tiempo.

“Pasa el tiempo como un puñal.”

En Huellas en la arena, también se despliegan recurrentes imágenes marinas, muy apropiadas para expresar esa sensación de fugacidad y pérdida.

“Se alejan barcos hacia el horizonte”

En su flujo, el mar borra huellas y deja vestigios sobre la arena.

“En esta playa permanecerá la memoria.”

Por eso la playa está desierta, salvo unas muy bien traídas al texto, “barcas abandonadas”, y los granos de la arena “tiempo perdido en la orilla”. El mar es el de la adolescencia, el de las vacaciones repetidas, con un rumor y un lamento de sirena, ese mar que nos besa los párpados mientras lo contemplamos, pero cuyo legado no es más que dejarnos en el alma la dolorosa sensación de melancolía. Mas llega un momento en que acepta esa angustia:

“Demasiado tarde/ nos damos cuenta de que hemos crecido/ y nos duele el silencio.”

“La vida no es como habíamos imaginado”.

Esta visión de la realidad pudiera resumirse en la imposibilidad del hombre de hallar lo buscado, bien porque es inalcanzable, bien porque no existe. Y ambas cosas suceden con el pasado.

“Todo es falso incluso los poemas, … todo es preludio de la mentira.”

Gracias.


Jesús Santana Salinas junto a José Ortega Torres y amigos, tras el acto